El DuEnDe DeL ChApArRaL
Porque ya va siendo hora de ir pagando algunas deudas...
lunes, 16 de mayo de 2011
sábado, 14 de mayo de 2011
Ni el Diablo te reconocería, pero yo sí.
Tan silencioso como está todo esta noche,
casi te creíste que estabas seguro.
Tus ojos están llenos de sorpresas,
no pueden predecir mi destino,
esperando bajo las estrellas.
Hay algo que deberías saber.
Los ángeles rodean mi corazón,
diciéndome que te deje marchar.
Ni el Diablo te reconocería, pero yo sí.
Es como si una y otra vez que me tiraras al suelo.
Debería largarme.
Una y otra vez vuelvo a por más.
Actúo dentro de tu fantasía.
Ahora se ha acabado.
No puedes mentirme a través de tu sonrisa,
he visto dentro de tus ojos.
Ahora estoy sobrio,
ya no me intoxicas la mente.
Ni el Diablo te reconocería, pero yo sí.
Casi quedas como un tonto esta vez.
Dale gracias a todos los santos.
Escondes tu tristeza tras tu sonrisa,
y te guardas para tí tus corazones rotos y perdidos.
Los pasos que das al filo de la cornisa
son más altos de lo que parecen,
Pero ya he estado antes en esa cornisa
así que no te puedes esconder de mí.
Ni el Diablo te reconocería, pero yo sí.
Apuesto a que no pudo.
Apuesto a que no pudo reconocer que aún así me metí de cabeza en el juego.
Quién soy yo para criticarlo.
De alguna forma saldré de ello y no te darás ni cuenta.
Desenmascarándote tras tu propio disfraz.
casi te creíste que estabas seguro.
Tus ojos están llenos de sorpresas,
no pueden predecir mi destino,
esperando bajo las estrellas.
Hay algo que deberías saber.
Los ángeles rodean mi corazón,
diciéndome que te deje marchar.
Ni el Diablo te reconocería, pero yo sí.
Es como si una y otra vez que me tiraras al suelo.
Debería largarme.
Una y otra vez vuelvo a por más.
Actúo dentro de tu fantasía.
Ahora se ha acabado.
No puedes mentirme a través de tu sonrisa,
he visto dentro de tus ojos.
Ahora estoy sobrio,
ya no me intoxicas la mente.
Ni el Diablo te reconocería, pero yo sí.
Casi quedas como un tonto esta vez.
Dale gracias a todos los santos.
Escondes tu tristeza tras tu sonrisa,
y te guardas para tí tus corazones rotos y perdidos.
Los pasos que das al filo de la cornisa
son más altos de lo que parecen,
Pero ya he estado antes en esa cornisa
así que no te puedes esconder de mí.
Ni el Diablo te reconocería, pero yo sí.
Apuesto a que no pudo.
Apuesto a que no pudo reconocer que aún así me metí de cabeza en el juego.
Quién soy yo para criticarlo.
De alguna forma saldré de ello y no te darás ni cuenta.
Desenmascarándote tras tu propio disfraz.
domingo, 1 de mayo de 2011
A Beckham.

Pues nada Becky, aquí me tienes escribiéndote como jamás imaginé que iba a tener que hacer. Supongo que todo lo que pueda escribir ahora no sera ni una ínfima parte de todo el dolor que tengo en mi interior ahora mismo, la desesperanza y el desgarro que supone tu adiós.
Y es que al final te fuiste, ¿eh? Tal vez fuera porque no tenías ganas de venirte a la playa conmigo, te dije que nos íbamos a ir en Semana Santa, pero el tiempo no acompañó, mucha lluvia. Pensé en dejarlo para mi semana libre de feria, ésta semana, nos íbamos a ir a la playa los dos tío, sin padres ni nada mejor que hacer que salir a pasear, tendernos al Sol en la playa, ir a comprar el pan por la mañana temprano o ir a la orilla de noche. Solos tu y yo, ¿eh tío? Yo leyendo o escuchando música y tu a mi lado, rascándote y quitándote las pulgas, como siempre decía.
No sabes cuanto te voy a echar de menos. Cuanto ya te echo de menos, y eso que solo hace un par de horas que me has dejado. Bueno, que nos has dejado. No te lo vas a creer, pero todo el mundo se ha echado a llorar cuando lo ha sabido, creo que si llegas a saber que ibas a crear tanto llanto no nos dejas, porque tu solo has sabido hacernos felices, durante toda tu vida. Hemos disfrutado todos de ti, mucho, como nunca nada nos podrá hacer disfrutar, de tus caritas, tus ladridos de cachorro aunque ya tuvieras 11 años y de tus golfadas.
Y es que eres el mejor amigo que jamás he tenido, por encima de cualquier persona. Nadie jamás me ha tenido el amor y la lealtad que tu me has tenido. Nadie jamás se ha alegrado tanto al verme después de dos semanas sin venir por casa. Nadie jamás ha tenido tantas muestras de cariño hacia mi, con tus gemidos, restregándote contra mi y llenándome de pelos blancos. Joder tío, no se como has podido irte así, sin despedirte. Llevaba una semana sin verte, nos íbamos a ver el lunes cuando volviera de Cordoba para preparar nuestra semana en la playa y no esperaste siquiera a verme entrar por la puerta trasera como siempre hacías. Nunca te voy a olvidar Beckham, porque has sido y sigues siendo mi compañero, mi amigo y mi mejor compañía. Lástima que no nos quedáramos muchas veces solos eh, sabías de sobra que cuando yo era el único que había en la casa podías entrar y salir cuando quisieras e incluso echarte conmigo a ver la tele o jugar a la play. Te aprovechabas de que sabías que yo era mas permisivo contigo.
Y ahora, de repente, sin haberlo imaginado, ya no estás. Te han arrancado de mi lado injustamente, sin hacerle daño a nadie, a ti, que solo tenías para cualquiera que pasara por tu lado una carantoña y un abrazo de los tuyos, de los de ponerle las patas en el pecho a cualquiera. Y aun así te han arrancado de mi lado. Ya no volveré a escuchar tus aullidos en noches cerradas. Ni tus ladridos de perro pequeño. Ni tus lloriqueos porque no se te echaba toda la cuenta que querías, egocéntrico, que eras un egocéntrico, nadie podía darse besos o abrazos delante tuya sin darte uno a ti, porque te ponías a llamar la atención. Ya no volverás a aparecer por detrás de las cortinas de la puerta que daba al salón desde el patio, sin encontrar la rendija por la que colarte y con las cortinas sobre la cabeza, como si fueras un monje. Ya no volverás a despedirme ladeando la cabeza como siempre que me iba a Sevilla a pasar la semana. Ya no volverás a comerte cualquier cosa de comer que te echara cogiéndola al vuelo, sin dejarla caer al suelo siquiera y sin masticar, porque tu no comías, sino que engullías. Joder, estaba tan orgulloso de ti. Y lo estoy, eres el mejor perro que jamás nadie podrá tener. Ya no volverás a estar ahí cuando vuelva, al menos no físicamente, porque lo quieras o no tío, yo seguiré esperando que salgas corriendo desde detrás de la puerta cuando la abra para abrazarme y darme la bienvenida a casa.
Solo espero, y me duele en el alma escribir esto, que estés donde estés, puedas mirar atrás, acordarte de todos nosotros y pensar que fuiste feliz, que te hicimos feliz y tuviste una vida sana, plena y equilibrada. Por si no lo sabes, yo mirare atrás y pensaré que en estos últimos 11 años fuiste esa parte de mi vida que sabía que siempre estaría ahí, esperándome, pasara lo que pasara. Te quiero tío, no lo sabes cuanto. Y te voy a echar de menos. Que sepas que siempre serás mi compañero, mi amigo y una parte muy importante de mi vida. Siempre. Estés donde estés y pase lo que pase seguirás aquí, en mi corazón y en mi recuerdo, y en mi vida. No te olvido tío, te juro que no lo hago, no puedo hacerlo. Eres de las mejores cosas que han pasado por mi vida. Te quiero de verdad.
No me voy a despedir de ti. No pienso hacerlo. Ya nos veremos, allá donde estés, espérame, te prometo que algún día aparcaré el coche, escucharás el sonido del motor y lo reconocerás, te pondrás detrás de la puerta a esperar y cuando baje la maleta, giraré la llave, abrire la puerta y ahi estaré, esperando que vengas a por mí y darme de lametazos. Solo espérame. Nos vemos pronto compañero. Te quiero.
jueves, 28 de abril de 2011
My Heart Broke
Hoy tengo poco que contar. En realidad sólo venía andando desde el metro y venía escuchando esta canción y bueno, supongo que hoy me siento un poco así. Nada más, espero que os guste.
martes, 26 de abril de 2011
Apaloosa II
Iba a pagar por ello, pensaba el hombre que veía como el sol, implacable, se había ido moviendo hasta traer consigo la hora inevitable. No sabía qué iba a pagar, pero estaba convencido de que el otro tendría un motivo justo. Algo se lo decía, algo que le recordaba las cosas horribles que había hecho mucho tiempo atrás.
Una vez había sido conocido como Nathaniel «el Guapo», aunque ahora nadie lo diría. Habían pasado veinte años. Ahora, el lustre aceitoso de su pelo y la barba que incluso a su edad pocas cuchillas podían doblegar le conferían un aspecto feral. Su cuerpo enjuto sintió un escalofrío que partía de la rótula tarada. Apenas podía doblar la rodilla izquierda, por lo que caminaba arrastrando el pie, y el brazo del mismo lado hacía tiempo que permanecía rígido como un hierro de marcar reses. La enfermedad lo había golpeado muchos años atrás, y cuando las fiebres desaparecieron aquellos dos miembros se habían quedado paralizados, como ignorantes de que el dolor había cesado. No era un hombre religioso, pero pensaba que aquello había sido el precio de la redención. No había vuelto a matar, no quería volver a hacerlo, se avergonzaba de haberlo hecho. Había guardado las armas bajo llave, había abandonado su antigua vida, y había trabajado muy duramente desde entonces. Y ahora tenía un rancho, y tenía una esposa, y tenía un hijo. Y ahora tenía también una deuda que había olvidado.
Nathaniel repasaba todo lo que sabía en ese momento, mientras liaba el cigarrillo con una sola mano. Sabía que no existe la inocencia, sólo los diversos grados de la culpa. Sabía que llegaría el día en que un yo anterior lo obligaría a ajustar cuentas con un hombre de su pasado, que el joven que una vez fue lo traicionaría poniendo en peligro todo lo que ahora era su vida. Sabía que aquella tarde un forastero lo esperaría en la calle principal. No recordaba por qué el hombre con el que iba a enfrentarse lo odiaba, pero sabía que los motivos eran irrelevantes. Había conocido muy bien el odio en su juventud, y sabía que el odio era como una mancha de tinta, que una vez caía en un vaso de agua lo oscurecía todo e imposibilitaba ver su origen.
Cuando terminó de fumar se acercó renqueando a la cómoda. Giró una llave y abrió el primer cajón. Sacó la cartuchera, el viejo Colt del 45. Miró las muescas de su empuñadura, cada una de ellas un alma, muchas de ellas ahora un remordimiento. Como pudo, se ajustó la canana a la cintura. Desentumeció los dedos de su única mano útil, y desenfundó. Una vez, dos, tres veces. Demasiado lento para lo que recordaba. Por primera vez desde que supo que un hombre venía a buscarlo, tuvo miedo; se sintió frágil, desamparado y viejo. Y aun así, tenía que hacer lo que tenía que hacer.
Su mujer ya no lloraba. Sólo trataba de mantenerse ocupada, con los ojos enrojecidos. Había intentado explicárselo, explicarle cómo tenía que enfrentarse a un hombre que no lograba recordar, explicarle que sin embargo algo en su interior le decía que aquello no podía ser de otra manera y que de verdad debía al forastero la posibilidad de meterle una bala en el cuerpo, de quebrar en un instante todos sus sueños. Y ella no podía entenderlo, y él no esperaba que pudiera. La abrazó en silencio, olió la piel de su nuca, pensó que quizás aquella noche ya no la abrazaría en la cama. Y salió, arrastrando la pierna que ahora le parecía más rígida y pesada.
Miró el camino que llevaba al pueblo. Subió trabajosamente a su caballo, y escudriñó la línea del horizonte, como si la respuesta a lo que pasaría estuviera allí escrita. Nervioso, acarició la empuñadura de su revólver. Desde la última vez que había disparado habían pasado veinte años...
...continuará.
domingo, 24 de abril de 2011
Damn
No soy un patrón a seguir.
La píldora que tomo
es una difícil de tragar.
No soy un criminal,
ni un modelo a imitar.
Y es horrible, pero podría empeorar,
porque ser así es un don y una maldición.
La píldora que tomo
es una difícil de tragar.
No soy un criminal,
ni un modelo a imitar.
Y es horrible, pero podría empeorar,
porque ser así es un don y una maldición.
viernes, 22 de abril de 2011
Apaloosa
El sheriff no decía nada, tenía la garganta reseca y notaba la humedad que le empapaba el cuello y las axilas. Hacía calor, pero no era eso lo que lo hacía sudar, sino el hombre que tenía frente a él, sentado indolentemente a su mesa. El vaso de whisky parecía una miniatura en sus manos, y la silla crujía bajo su enorme masa. La obesidad de aquel hombre tenía algo de antinatural. Con cada movimiento capas y capas de tejido adiposo temblaban, cada gesto hacía vibrar su manta de carne con el potencial de violencia que encerraba, con los kilos de dolor que podía liberar. La ropa se tensaba sobre su cuerpo como una piel de tambor, y el sombrero parecía ridículamente pequeño. Aquella bestia abotargada, con su cara rubicunda de carrillos hinchados y recorridos por finas varices no dejaba de sonreírle. Y aquello era lo peor, aquella sonrisa con todos los dientes simétricos y enfundados en oro, una mancha metálica en medio de los labios que humedecía constantemente con la lengua. La maldad se filtraba a través de sus ojos, unas pequeñas rendijas aplastadas bajos los gruesos pliegues de sus párpados.
Nadie se atrevía a enfrentarse a él. El sheriff sabía que esporádicamente en sus ataques de furia había matado a palos o incluso con sus propias manos a alguno de los mejicanos que trabajaban de jornaleros en su hacienda. Los demás ganaderos y el resto del pueblo lo temían, y tenían motivos para ello. Y ahora él debía temerlo, pues había venido a traerle una advertencia. Al atardecer tendría lugar un duelo, uno que no debía impedir. La bestia lo acababa de decir, con una voz suave y pausada que recordaba el crepitar de hojas secas pisoteadas, la bestia que ahora parecía reírse para sus adentros con un jadeo sibilante. El sheriff miró a su ayudante.
Nadie se atrevía a enfrentarse a él. El ayudante del sheriff estaba pálido, la presencia de aquella mole le traía a la memoria un altercado ocurrido dos meses atrás. No había sido otro mejicano muerto, porque los mejicanos andrajosos no le importaban a nadie. No, el ayudante había ido a su rancho para recoger al hijo mayor de los McCormac. El gordo le había dado un pequeño escarmiento; al parecer lo había confundido con un cuatrero. Y para el gordo un pequeño escarmiento había sido emplumarlo después de untarlo con brea hirviendo. El ayudante se había encontrado en el suelo una figura ennegrecida que gimoteaba como un niño asustado. Al intentar ayudarlo a ponerse en pie, Jules McCormac se había desplomado, y el ayudante se había quedado en la mano con un pedazo de la manga de su camisa. Sólo que no era la manga de su camisa, sino una larga tira de piel que se había desgajado como si se tratara de papel pintado arrancado de una pared. El brazo se había convertido en una mancha escarlata engastada entre el blanco de las plumas y el negro de todo lo demás. Habían pasado dos meses, y la imagen de aquel brazo se aferraba insidiosamente a su cabeza. Devolvió la mirada al sheriff, sin atreverse a pronunciar una sola palabra.
Nadie se atrevía a enfrentarse a él, y la conciencia del terror que exudaba regocijaba al gordo, que cuando se levantó ocultó la luz que entraba por la puerta de la oficina del sheriff. Su olor había invadido la pequeña habitación, y, como una fiera, gruñó de satisfacción al olfatearse a sí mismo. Abandonó allí a los dos hombres, sabiendo que no se inmiscuirían en su plan. Con unos pesados pasos se encaminó a la calle polvorienta, donde ni siquiera el viento parecía atreverse a tocarlo.
Nadie se atrevía a enfrentarse a él. Nadie, excepto Nathaniel. Pero esa tarde iba a pagar por ello...
...continuará.
martes, 22 de febrero de 2011
Si leéis esto es que ya no estoy aquí...
-Te lo digo de verdad Auri, que en mi cocina aparecen fantasmas.
-Venga ya Samu, ¿me lo dices en serio? Eres físico joder, si hubieras estudiado Filosofía lo entendería, pero precisamente tú...
-¿Y qué quieres que haga si el coco me persigue?
Ella bajó la mirada y vio que entre sus dedos, sobre la mesa, Samu tenía un sobre con una inscripción en bonita rúbrica de la que sólo pudo leer "...ya no estoy aquí".
-Lo dices para asustarme, además, todavía tienes pendiente enseñarme tu casa, no me has invitado desde que te mudaste en verano.
-Cierto, pero no querrás que te invite con mis fantasmas por allí pululando, ¿no? Aparecen justo por la ventana del fregadero y me miran como esperando a que les abra la puerta.
-¿Sabes? Creo que la sobremesa ya se ha alargado lo suficiente, me voy a casa, estás bebido y mañana trabajo.
Lo cierto es que años atrás no habría dejado en aquel pub a Samuel, se conocían desde su época de estudiante en Salamanca, cosa rara, dos andaluces que van a conocerse a la otra punta de España: Salamanca. No sabía si era por la mística de la ciudad, si era porque era la primera vez que salía del manto protector de sus padres o por lo atractivo que era, pero el caso es que Samuel había sido su gran amor de la juventud. Cuando lo vio fue como si ambos no pudieran dejar de mirarse, entonces el se acercó, le dijo si sabía donde estaba el despacho del profesor Miralles. Ni idea. Entonces él le dijo:
-Vale, te haré otra mas fácil, ¿me dices tu número de teléfono?
El caso es que, como todas las bonitas historias de la juventud, llegó un día en el que la magia se rompió, acabaron sus carreras, él se fue al Reino Unido a hacer su tesina y ella volvió a su casa, donde la esperaban un cómodo trabajo en la empresa de su padre, un sueldo digno todos los meses y un mar de llantos mientras miraba por la ventana cada noche del frío invierno en las que la lluvia hacía aparecer su reflejo en los cristales de su habitación.
Años después él volvió, con su bonita sonrisa, su mirada inocente y su fácil conversación, inconsciente de cuantas noches de soledad y frío interior había pasado ella. Como si nada hubiera pasado la invitó a cenar, después de tantísimo tiempo, casi se quedó helada cuando vio su nombre vibrando en el móvil.
Ya en la acera miró hacia el pub y por la ventana vio a Samuel, aún sentado en la mesa en la que habían estado, mirando hacia la silla que ella había dejado vacía. Después de todo quizás había esperanza para ellos dos. Se subió a un taxi. El trayecto se le hizo mas largo de lo normal. Se bajó aún ensimismada en la vacía mirada de Samuel en aquel pub y se dirigió a la puerta de la casa. Mierda, se me olvidó pagar. Se volvió hacia el taxi, pero éste ya no estaba allí. A decir verdad, no recordaba al taxista, él no le había hablado al subirse ella, ni ella a él tampoco, ¿le había dicho donde tenía que llevarla? Auri, te estás volviendo loca, han pasado años y Samuel aún te hace desvariar como a una tonta niña de 19 años.
Entró en el porche, subió las pequeñitas escaleritas de la entrada y buscó las llaves en el bolso y encontró un papelote dentro de él. Lo sacó y leyó en una pulcra letra: "Si lees esto es que ya no estoy aquí". ¿Cómo coño había llegado eso allí? Después vería que era, se lo guardó en el abrigo. De las llaves ni rastro. Muy bien Auri, eres una crack, te has olvidado las llaves dentro, de puta madre. Quizás podría entrar por detrás.
Dios, había bebido mas de lo que creía, la cabeza empezaba a no funcionarle bien, los ojos le lloraban y sus pasos eran indecisos. El viento soplaba meciendo las hojas de los arboles y trayendo hasta sus oídos los silbidos de la noche. Mierda, y el tonto de Samuel hablándole de fantasmas. Rodeó la casa y al acordarse que la semana pasada ya tuvo que usar las llaves de repuesto maldijo para sí misma. Se dirigió a la ventana, se empuñó el codo con el abrigo pero antes se aseguró de sacar de él el sobre y lo sostuvo en la otra mano. Golpeó fuertemente el cristal hasta partirlo. Iba a tener que entrar por encima del fregadero, estupendo. Metió la mano con la que sostenía el sobre para abrir el pomo por dentro...
...y entonces alguien desde el interior de la ventana le quitó el sobre de la mano. Al otro lado del cristal, alto y erguido, mirando el sobre con ojos pretificados e inyectados en sangre. Samuel levantó la mirada:
-¿A...A...Auri?
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