martes, 26 de abril de 2011

Apaloosa II



Iba a pagar por ello, pensaba el hombre que veía como el sol, implacable, se había ido moviendo hasta traer consigo la hora inevitable. No sabía qué iba a pagar, pero estaba convencido de que el otro tendría un motivo justo. Algo se lo decía, algo que le recordaba las cosas horribles que había hecho mucho tiempo atrás.

Una vez había sido conocido como Nathaniel «el Guapo», aunque ahora nadie lo diría. Habían pasado veinte años. Ahora, el lustre aceitoso de su pelo y la barba que incluso a su edad pocas cuchillas podían doblegar le conferían un aspecto feral. Su cuerpo enjuto sintió un escalofrío que partía de la rótula tarada. Apenas podía doblar la rodilla izquierda, por lo que caminaba arrastrando el pie, y el brazo del mismo lado hacía tiempo que permanecía rígido como un hierro de marcar reses. La enfermedad lo había golpeado muchos años atrás, y cuando las fiebres desaparecieron aquellos dos miembros se habían quedado paralizados, como ignorantes de que el dolor había cesado. No era un hombre religioso, pero pensaba que aquello había sido el precio de la redención. No había vuelto a matar, no quería volver a hacerlo, se avergonzaba de haberlo hecho. Había guardado las armas bajo llave, había abandonado su antigua vida, y había trabajado muy duramente desde entonces. Y ahora tenía un rancho, y tenía una esposa, y tenía un hijo. Y ahora tenía también una deuda que había olvidado.

Nathaniel repasaba todo lo que sabía en ese momento, mientras liaba el cigarrillo con una sola mano. Sabía que no existe la inocencia, sólo los diversos grados de la culpa. Sabía que llegaría el día en que un yo anterior lo obligaría a ajustar cuentas con un hombre de su pasado, que el joven que una vez fue lo traicionaría poniendo en peligro todo lo que ahora era su vida. Sabía que aquella tarde un forastero lo esperaría en la calle principal. No recordaba por qué el hombre con el que iba a enfrentarse lo odiaba, pero sabía que los motivos eran irrelevantes. Había conocido muy bien el odio en su juventud, y sabía que el odio era como una mancha de tinta, que una vez caía en un vaso de agua lo oscurecía todo e imposibilitaba ver su origen.

Cuando terminó de fumar se acercó renqueando a la cómoda. Giró una llave y abrió el primer cajón. Sacó la cartuchera, el viejo Colt del 45. Miró las muescas de su empuñadura, cada una de ellas un alma, muchas de ellas ahora un remordimiento. Como pudo, se ajustó la canana a la cintura. Desentumeció los dedos de su única mano útil, y desenfundó. Una vez, dos, tres veces. Demasiado lento para lo que recordaba. Por primera vez desde que supo que un hombre venía a buscarlo, tuvo miedo; se sintió frágil, desamparado y viejo. Y aun así, tenía que hacer lo que tenía que hacer.

Su mujer ya no lloraba. Sólo trataba de mantenerse ocupada, con los ojos enrojecidos. Había intentado explicárselo, explicarle cómo tenía que enfrentarse a un hombre que no lograba recordar, explicarle que sin embargo algo en su interior le decía que aquello no podía ser de otra manera y que de verdad debía al forastero la posibilidad de meterle una bala en el cuerpo, de quebrar en un instante todos sus sueños. Y ella no podía entenderlo, y él no esperaba que pudiera. La abrazó en silencio, olió la piel de su nuca, pensó que quizás aquella noche ya no la abrazaría en la cama. Y salió, arrastrando la pierna que ahora le parecía más rígida y pesada.

Miró el camino que llevaba al pueblo. Subió trabajosamente a su caballo, y escudriñó la línea del horizonte, como si la respuesta a lo que pasaría estuviera allí escrita. Nervioso, acarició la empuñadura de su revólver. Desde la última vez que había disparado habían pasado veinte años...

...continuará.

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