jueves, 28 de abril de 2011

My Heart Broke



Hoy tengo poco que contar. En realidad sólo venía andando desde el metro y venía escuchando esta canción y bueno, supongo que hoy me siento un poco así. Nada más, espero que os guste.

martes, 26 de abril de 2011

Apaloosa II



Iba a pagar por ello, pensaba el hombre que veía como el sol, implacable, se había ido moviendo hasta traer consigo la hora inevitable. No sabía qué iba a pagar, pero estaba convencido de que el otro tendría un motivo justo. Algo se lo decía, algo que le recordaba las cosas horribles que había hecho mucho tiempo atrás.

Una vez había sido conocido como Nathaniel «el Guapo», aunque ahora nadie lo diría. Habían pasado veinte años. Ahora, el lustre aceitoso de su pelo y la barba que incluso a su edad pocas cuchillas podían doblegar le conferían un aspecto feral. Su cuerpo enjuto sintió un escalofrío que partía de la rótula tarada. Apenas podía doblar la rodilla izquierda, por lo que caminaba arrastrando el pie, y el brazo del mismo lado hacía tiempo que permanecía rígido como un hierro de marcar reses. La enfermedad lo había golpeado muchos años atrás, y cuando las fiebres desaparecieron aquellos dos miembros se habían quedado paralizados, como ignorantes de que el dolor había cesado. No era un hombre religioso, pero pensaba que aquello había sido el precio de la redención. No había vuelto a matar, no quería volver a hacerlo, se avergonzaba de haberlo hecho. Había guardado las armas bajo llave, había abandonado su antigua vida, y había trabajado muy duramente desde entonces. Y ahora tenía un rancho, y tenía una esposa, y tenía un hijo. Y ahora tenía también una deuda que había olvidado.

Nathaniel repasaba todo lo que sabía en ese momento, mientras liaba el cigarrillo con una sola mano. Sabía que no existe la inocencia, sólo los diversos grados de la culpa. Sabía que llegaría el día en que un yo anterior lo obligaría a ajustar cuentas con un hombre de su pasado, que el joven que una vez fue lo traicionaría poniendo en peligro todo lo que ahora era su vida. Sabía que aquella tarde un forastero lo esperaría en la calle principal. No recordaba por qué el hombre con el que iba a enfrentarse lo odiaba, pero sabía que los motivos eran irrelevantes. Había conocido muy bien el odio en su juventud, y sabía que el odio era como una mancha de tinta, que una vez caía en un vaso de agua lo oscurecía todo e imposibilitaba ver su origen.

Cuando terminó de fumar se acercó renqueando a la cómoda. Giró una llave y abrió el primer cajón. Sacó la cartuchera, el viejo Colt del 45. Miró las muescas de su empuñadura, cada una de ellas un alma, muchas de ellas ahora un remordimiento. Como pudo, se ajustó la canana a la cintura. Desentumeció los dedos de su única mano útil, y desenfundó. Una vez, dos, tres veces. Demasiado lento para lo que recordaba. Por primera vez desde que supo que un hombre venía a buscarlo, tuvo miedo; se sintió frágil, desamparado y viejo. Y aun así, tenía que hacer lo que tenía que hacer.

Su mujer ya no lloraba. Sólo trataba de mantenerse ocupada, con los ojos enrojecidos. Había intentado explicárselo, explicarle cómo tenía que enfrentarse a un hombre que no lograba recordar, explicarle que sin embargo algo en su interior le decía que aquello no podía ser de otra manera y que de verdad debía al forastero la posibilidad de meterle una bala en el cuerpo, de quebrar en un instante todos sus sueños. Y ella no podía entenderlo, y él no esperaba que pudiera. La abrazó en silencio, olió la piel de su nuca, pensó que quizás aquella noche ya no la abrazaría en la cama. Y salió, arrastrando la pierna que ahora le parecía más rígida y pesada.

Miró el camino que llevaba al pueblo. Subió trabajosamente a su caballo, y escudriñó la línea del horizonte, como si la respuesta a lo que pasaría estuviera allí escrita. Nervioso, acarició la empuñadura de su revólver. Desde la última vez que había disparado habían pasado veinte años...

...continuará.

domingo, 24 de abril de 2011

Damn

No soy un patrón a seguir.
La píldora que tomo
es una difícil de tragar.
No soy un criminal,
ni un modelo a imitar.

Y es horrible, pero podría empeorar,
porque ser así es un don y una maldición.

viernes, 22 de abril de 2011

Apaloosa



El sheriff no decía nada, tenía la garganta reseca y notaba la humedad que le empapaba el cuello y las axilas. Hacía calor, pero no era eso lo que lo hacía sudar, sino el hombre que tenía frente a él, sentado indolentemente a su mesa. El vaso de whisky parecía una miniatura en sus manos, y la silla crujía bajo su enorme masa. La obesidad de aquel hombre tenía algo de antinatural. Con cada movimiento capas y capas de tejido adiposo temblaban, cada gesto hacía vibrar su manta de carne con el potencial de violencia que encerraba, con los kilos de dolor que podía liberar. La ropa se tensaba sobre su cuerpo como una piel de tambor, y el sombrero parecía ridículamente pequeño. Aquella bestia abotargada, con su cara rubicunda de carrillos hinchados y recorridos por finas varices no dejaba de sonreírle. Y aquello era lo peor, aquella sonrisa con todos los dientes simétricos y enfundados en oro, una mancha metálica en medio de los labios que humedecía constantemente con la lengua. La maldad se filtraba a través de sus ojos, unas pequeñas rendijas aplastadas bajos los gruesos pliegues de sus párpados.

Nadie se atrevía a enfrentarse a él. El sheriff sabía que esporádicamente en sus ataques de furia había matado a palos o incluso con sus propias manos a alguno de los mejicanos que trabajaban de jornaleros en su hacienda. Los demás ganaderos y el resto del pueblo lo temían, y tenían motivos para ello. Y ahora él debía temerlo, pues había venido a traerle una advertencia. Al atardecer tendría lugar un duelo, uno que no debía impedir. La bestia lo acababa de decir, con una voz suave y pausada que recordaba el crepitar de hojas secas pisoteadas, la bestia que ahora parecía reírse para sus adentros con un jadeo sibilante. El sheriff miró a su ayudante.

Nadie se atrevía a enfrentarse a él. El ayudante del sheriff estaba pálido, la presencia de aquella mole le traía a la memoria un altercado ocurrido dos meses atrás. No había sido otro mejicano muerto, porque los mejicanos andrajosos no le importaban a nadie. No, el ayudante había ido a su rancho para recoger al hijo mayor de los McCormac. El gordo le había dado un pequeño escarmiento; al parecer lo había confundido con un cuatrero. Y para el gordo un pequeño escarmiento había sido emplumarlo después de untarlo con brea hirviendo. El ayudante se había encontrado en el suelo una figura ennegrecida que gimoteaba como un niño asustado. Al intentar ayudarlo a ponerse en pie, Jules McCormac se había desplomado, y el ayudante se había quedado en la mano con un pedazo de la manga de su camisa. Sólo que no era la manga de su camisa, sino una larga tira de piel que se había desgajado como si se tratara de papel pintado arrancado de una pared. El brazo se había convertido en una mancha escarlata engastada entre el blanco de las plumas y el negro de todo lo demás. Habían pasado dos meses, y la imagen de aquel brazo se aferraba insidiosamente a su cabeza. Devolvió la mirada al sheriff, sin atreverse a pronunciar una sola palabra.

Nadie se atrevía a enfrentarse a él, y la conciencia del terror que exudaba regocijaba al gordo, que cuando se levantó ocultó la luz que entraba por la puerta de la oficina del sheriff. Su olor había invadido la pequeña habitación, y, como una fiera, gruñó de satisfacción al olfatearse a sí mismo. Abandonó allí a los dos hombres, sabiendo que no se inmiscuirían en su plan. Con unos pesados pasos se encaminó a la calle polvorienta, donde ni siquiera el viento parecía atreverse a tocarlo.

Nadie se atrevía a enfrentarse a él. Nadie, excepto Nathaniel. Pero esa tarde iba a pagar por ello...

...continuará.